Espiritualidad

La Inmortalidad – Alargar La Vida [2]

(Antes de comenzar a leer el siguiente artículo te recomendamos, si no lo has hecho aun, que leas la primera parte).

Ponce de León exploró muchas islas del Caribe y de la península de Flori­da, buscando la “fuente de la eterna ju­ventud”, de la que se hablaba en una vieja leyenda india. Se hallaba esta fuente en la isla Bimini, en las Baha­mas:

«Sus aguas cristalinas tenían má­gicas propiedades: todo aquel que, enfermo o herido, se bañaba en ellas, quedaba inmediatamente curado. Los ancianos que lo hacían veían inmedia­ tamente alisarse su piel arrugada y desaparecer sus canas. Sus miem­bros se volvían flexibles y su mente y to­ do su organismo recuperaban la fuerza de la juventud».

Fue Ponce de León, que tomó parte en el segundo viaje de Colón, el primer europeo que oyó hablar de ese manantial milagroso, siendo gobernador de la isla de Puerto Rico. Obtuvo la in­formación de los indios borinquinos. Y pidió autorización al rey Fernando de España para descubrir y colonizar la is­la de Bimini.

la inmortalidad

Es notable que el emperador inca Pachacuti abdicara en su hijo a la edad de ciento veinticinco años y que se conozcan casos de indios sudame­ricanos que han vivido hasta los ciento ochenta.

Pero sin salir del continente euro­-asiático, recordaré que en el Cáucaso es corriente encontrarse con personas que han cumplido los ciento cincuenta años y no aparentan esa edad. ¿Algu­na otra fuente maravillosa o simples condiciones particulares de vida?

Leo el caso de un guardabosques llamado Rustamkishi, que tiene doce hijos, el último de corta edad. Aparenta poco más de cincuenta años; sin embargo, por la fecha en que empezó su trabajo de guardabosques, se ha comproba­do que, como mínimo, tiene ciento un años. Es decir, que a los cien años aún ha podido ser padre.

Es evidente que, en nuestros días, la duración media de la vida humana se ha ampliado mucho. Según ciertas in­vestigaciones científicas modernas, el hombre puede, de hecho, vivir muy bien ciento sesenta y siete años.

Si en la época de la antigua Roma el promedio de expectativa de vida en años era de 20, a mediados del siglo XIX era de 35; en 1960, de 60; de más de 80 en 1980; se espera que llegue casi a los 100 para finales del siglo XXI y a 120 para principios del XXII.

El conocido y debatido autor Lob­ sang Rampa decía que «Si una persona pudiera reemplazar con absoluta exactitud todas sus células orgánicas en la misma forma en que se encuen­tran las que quisiera sustituir, podría seguir viviendo eternamente, ya que si el organismo va desgastándose sólo es porque el mecanismo que reempla­za las células tiene una memoria cada vez más deficiente y así, las células sustituidas y las nuevas son progresi­vamente menos parecidas».

«En teoría -explica-, no hay límite para la vida de una persona, porque to­do depende de la memoria conserva­da dentro de nuestras células cerebra­les, la memoria que permite al cuerpo reproducir partes idénticas. Si tuviéra­mos una memoria suficientemente buena, y se trata de una memoria subconsciente, podríamos seguir vivien­do casi indefinidamente. Por desgra­cia, en el estado actual de la evolución, la memoria decae.»

Y añade:

«Eventualmente, aparecerá una época en la que la gente pueda vivir 500 o 600 años, y esto ocurrirá no me­diante algo especial por vía de la ci­rugía o de la medicina, sino por obra de un descubrimiento en la electroquími­ca, porque si pudiéramos gozar de un adecuado equilibrio químico, ten­dríamos un adecuado voltaje cerebral, cuyo caso se curaría el cáncer, la esquizofrenia y otras enfermedades.»

Se ha dicho, por otra parte, que el ser humano podría vivir trescientos años si fuese posible rejuvenecer quirúrgica­mente su cerebro.

Se han hecho longevos ratones de experimentación, ratones comunes cuyo límite normal de edad no sobre­pasa los dos años. A estos animales les habían sido trasplantados en el cerebro fragmentos diminutos del hipotála­mo de ratoncitos recién nacidos.

Esto confirma la teoría de que el ce­rebro influye directamente en los procesos fisiológicos. En el curso de estos experimentos se apreció también có­mo el tejido nervioso trasplantado res­tablece los tejidos viejos conexos y acelera el desarrollo de las células. Se descubrió igualmente que existe una relación directa entre el cerebro y la ac­tividad del sistema inmunitario.

Existen biólogos que creen que el envejecimiento se debe a la acumulación de la llamada agua pesada en el organismo. Según esto, el tan buscado elixir de la larga vida podría no ser más que una sustancia capaz de eliminar ese agua pesada.

Es más, se ha llega­do a pensar que pueda haber en el­ mundo, en nuestra superficie, una so­ciedad secreta de inmortales o de cua­si inmortales, que, al no mezclarse para nada en la política ni en los demás asuntos humanos, pase inadvertida. Así lo ha expresó Ralph Milne Far­ley, profesor de Física Moderna en la Escuela Militar de West Pointy antiguo senador de los Estados Unidos.

eterna juventud

¿Dependerá directamente la longe­vidad de las materias que constituyan nuestra alimentación? Nadie sabe qué comía el Conde de Saint-Germain

¿Tal vez nada? Porque Paracelso ase­gura haber conocido a sabios que eran capaces de no ingerir nada du­rante veinte años.

«Si queréis vivir sin comer-dijo-, lo único que tenéis que hacer es prepa­rar la tierra como se prepara para los gnomos. Esa tierra, aplicada sobre el ombligo, destilada por el hígado y el bazo y renovada cuando está dema­siado seca, permite vivir sin comer ni beber».

Pero tras esta pequeña digresión, volvamos a las fuentes científicas mo­dernas.

El doctor Hubert Larcher plantea el problema de la muerte en su obra más importante: ¿Podrá la sangre vencer a la muerte? (Gallimard, París, segunda edición, 1957).

Según él, el ser huma­no, en su organicidad, estaría predispuesto a independizarse cada vez más del determinismo externo y la vida tendería a formar un ambiente propio o microcósmico, capaz de Intervenir directamente, para que el organismo deje de estar sometido a la influencia ma­crocósmica.

Si el organismo llega a re­sultar vencedor, podría romperse el equilibrio entre macro y microcosmos a favor de este último y traducirse ello en nuevas manifestaciones energéticas.

Los mitoconorios son como pequeñas fábricas celulares que suministran la energía a nuestro organismo utili­zando el oxígeno de la sangre. Según un estudio hecho por investigadores australianos y japoneses, parece ser que el ADN de los mitocondrios es más frágil que el de las células y sufre más mutaciones irreparables.

Al ir perdiendo progresivamente su capacidad de utilización del oxígeno, serían los cau­santes del envejecimiento de la perso­na, pues todos los órganos sufrirían la consecuencia de esa degradación. Dichos investigadores llegan a la conclu­sión de que este descubrimiento de­bería permitir la preparación de nue­vos productos químicos que se opon­gan a ese proceso.

Pasemos a otro aspecto en el pro­blema del envejecimiento. En las per­sonas que envejecen deprisa, se pro­duce la arterioesclerosis, la hiperten­sión, la isquemia de corazón y cerebro, la diabetes, la enfermedad de Parkin­son y el cáncer, en tanto que aquellos que envejecen despacio son longevos potenciales.

Por ello, la gerontología busca la forma de transformar el pri­mer tipo de envejecimiento en el segundo, mediante métodos que se han llamado «geroprotectores».

Uno de ellos es el llamado «vitauct», cuya finali­dad es la de mantener el ritmo vital del organismo, defendiéndolo de las le­siones, a través de medios y sondas especiales que activan o bloquean de manera selectiva determinados ge­nes, sintetizando albúmina, para pre­venir el desarrollo del envejecimiento de las células y eliminando sustancias nocivas.

Un grupo de científicos, dirigidos por el doctor peruano Jaime Durand y la doctora estadounidense Terry Byrd, están empeñados en descubrir los ge­nes de la longevidad, genes que pare­cen ser los causantes de que ciertas personas posean más defensas en su organismo, logrando vivir más años.

Parece que la existencia de esos ge­nes de respuesta inmune es indiscuti­ble, al haberse evidenciado en experi­mentos sobre hongos, insectos y mamíferos y que inyectados en perso­nas jóvenes prolongarían el desarrollo evolutivo de las mismas y harían que su vida fuera más larga.

Descubrimientos científicos

Precisamente Michael Rose, de la Universidad californiana de lrvin, ha lo­ grado mejorar la raza de moscas dro­ sófilas o moscas del vinagre, cruzando a individuos que se hallaban en el pe­ ríodo de pubertad tardía.

Haciendo una selección, ha favorecido la pre­ sencia de tales genes, lo cual ha hecho posible que las nuevas generaciones viviesen setenta días en lugar de los treinta de sus progenitores. A escala humana, esto significaría una vida de ciento sesenta años. Michael Rose se ha fijado el objetivo de llegar a conse­guir ejemplares de esos insectos que vivan ciento cuarenta días…

Se ha teorizado respecto a que en­ vejecemos por la oxidación de las células, por lo que habrían de aportarse al organismo antioxidantes para conser­var la juventud. También se ha afirma­do que el secreto de la inmortalidad es­tá en cada una de los sesenta trillones de células del cuerpo y sus sucesivas divisiones.

Según ha demostrado el biólogo Leonard Hayflick, la célula muere tras cincuenta divisiones, te­niendo, pues, cincuenta vidas, y sufriendo un proceso de envejecimiento a partir de la última división. Ahora bien, parece que añadiendo determinadas sustancias, como la vitamina E, se au­menta el número de divisiones.

la inmortalidad

La revista especializada New En­gland Journal of Medicine publicó un estudio realizado por un grupo de médicos de Wiscon­sin (Estados Unidos) dirigido por el doctor Daniel Rudman, sobre los efectos de la hormona de crecimiento humano (HGH) en personas de más de sesenta años.

Según dicho estudio, la aplicación de tal hormona, produci­da por el propio organismo a partir de la glándula pituitaria, produce el efecto de que los ancianos parezcan veinte años más jóvenes.

La HGH empezó a lograrse sintéticamente a principios de los 80, pero el mencionado estudio, en el que cola­boraron veintiún pacientes de sesenta y uno a ochenta y un años, es el prime­ro en el que se han comprobado expe­rimentalmente los efectos de su aplica­ción.

La HGH aumenta la masa muscu­lar y la densidad de las vértebras, hace más tersa la piel y reduce en forma im­portante la densidad de tejido graso. Tras su utilización, el sujeto se siente más vigoroso y con renovadas ener­gías.

La Ciencia está empeñada en una lucha, en muchos frentes, contra la en­fermedad, la vejez y la muerte y las pro­mesas de sus adelantos son cada vez más esperanzadoras. ¿Podremos lle­gar a ser inmortales?

El famoso doctor Christian Bar­ nard, que se hizo mundialmente céle­bre el día 3 de Diciembre de 1967 al realizar el primer trasplante de cora­zón, dijo que no cree en la fuente de la eterna juventud.

«Lo que queremos -ha añadido-, no es alargar la vida, sino mejorar el pro­ceso de envejecimiento para que esos últimos años tengan mejor calidad de vida. O, dicho de otra forma, que la gente, a ser posible, muera joven cuan­to más tarde mejor.»

Pero los «inmortalistas», un grupo de filósofos, médicos, religiosos, científi­cos y escritores, pretenden más: añadir a los Diez Mandamientos el undécimo:

«No morirás», adhiriéndose a la decla­ración de Alan Harrington, autor del li­bro Los lnmortalistas: «La muerte es una imposición a la especie humana que ya no podemos tolerar».

Este movimiento se inició con la obra de Robert Chester Wilson Ettin­ger, astrónomo y profesor de Física en Michigan, The Prospects of lnmortality (Las expectativas de inmortalidad), publicada en 1965.

En los años 30, Metalnikoff decía que la inmortalidad existe ya en poten­cia en la Naturaleza. Que al igual que los seres unicelulares se reproducen indefinidamente por división y que sólo mueren por accidente, los seres evolu­cionados podrán llegar a alcanzar el mismo resultado por medios científi­cos.

Y el doctor Jacques Loew expresó que «la muerte no figura necesa­riamente entre las propiedades funda­mentales de la célula».

Ya los bioingenieros tratan de esta­blecer el mapa genético de los huma­nos con el Proyecto Genoma, para re­ducir al mínimo el número de enferme­dades; los ingenieros médicos crean microscópicos robots para reparar las células dañadas y los gerontólogos van descubriendo nuevos fármacos para prolongar la existencia sin hablar de las técnicas de la criogenia o con­gelación.

En 1958, el francés Louis Rey sumergió un corazón de pollo en nitrógeno líquido y lo reanimó poste­riormente. En 1963, Losinaloeinski, biólogo ruso, congeló en hielo líquido, a -260°C, veinte orugas, de las cuales pudieron ser reanimadas trece. Y has­ta se ha conseguido congelar un perro sustituyendo su sangre y reanimarlo después.

En el citado libro The Prospects of ln­mortality se apunta la posibilidad de multiplicar por miles de millones la vida biológica de nuestras células por me­dio de la congelación. Hoy día hay ya bancos de huesos, de sangre, de se­men…

La sangre se mantiene fresca in­definidamente a 196 grados bajo cero y la vida de las células a la temperatura del nitrógeno líquido es casi infinita.

Y no es un secreto la existencia de cadáveres conservados criogénica­mente, entre ellos al parecer el de Walt Disney, es espera de que un día la Me­dicina haya conseguido vencer las causas de la muerte de esas personas, y pueda retornarlas a la vida.

Existe por otra parte la teoría de que la voluntad sería la clave suficiente pa­ra lograr la inmortalidad. Como decía Bernard Shaw, que murió casi cente­nario, «Sería suficiente querer vivir para seguir viviendo…». En todo caso, el psi­cólogo Stuart Otto realizó ex­perimentos de hipnosis para imbuir en sus pacientes la idea de la longevidad.

Tal vez la Humanidad esté a punto de conseguir el famoso elixir de la eter­na juventud.

¿Será así o habremos de esperar a que habitantes de otro mundo, tal vez subterráneo, nos enseñen a ser eter­nos?

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